Una reflexión personal que mantuve durante bastante tiempo me hacía pensar que la religión, entendida como una opción personal, una creencia íntima ligada tanto a la propia personalidad como a su estabilidad psíquica, debía ser estimada con toda la tolerancia y el respeto con el que trataríamos cualquier otro aspecto de la ética personal. Sin embargo, este modo de conducirse, estimo que respetuoso y proporcionado, sufre una dramática colisión con una realidad en la que las religiones chocan frontalmente con la racionalidad, tratando de anular la capacidad crítica de las personas y limitando las libertades individuales. Desde ese punto de vista, si la mentira, la manipulación, la ocultación y el engaño son comportamientos rechazables, todos los que empleen ese tipo de comportamientos deberían situarse en la medida del respeto del que son meritorios.

En estos últimos tiempos, las constantes agresiones al sentido común por parte de la iglesia católica han ido en aumento. Ya nadie podrá negar que la iglesia española es una opción política y no solo desde los militantes de sus “sectas” mas notorias (Opus Dei, Legionarios de Cristo) que tan integradas están en el aparato del estado, sino abiertamente por parte de su propia jerarquía. Cuando la justificación para una manifestación contra el matrimonio de personas del mismo sexo es que “los ataques a la familia cristiana no respetan a la Constitución y conducen a la disolución de la democracia o que sus cimientos están sacudidos por graves amenazas mediante legislaciones injustas” , estamos hablando de un asunto mas grave. Se trata de un intento de pervertir la democracia con un uso fraudulento de términos que le son ajenos. Tenemos que recordar que la iglesia es una organización machista, que se basa en unos principios que, en muchos casos cuestionan las libertades individuales, la salud pública y la igualdad, que ha justificado totalitarismos que le amparan (por no comentar su silencio ante el genocidio nazi), que se ha propuesto obcecadamente ocultar, negar y combatir las evidencias científicas, así que cuando esta organización habla en su discurso de “democracia” y “constitución” estamos hablando de una auténtica y genuina amenaza.
Para los que aún no tengan claro que la iglesia católica es una organización política, solo tienen que pasarse por los reciente titulares de prensa en los que sigue cuestionando el divorcio, las parejas de hecho, el aborto, la eutanasia o el matrimonio entre parejas del mismo sexo.
Nadie es depositario de la ética o moral de nuestro tiempo, pero desde luego si debiera ser de este modo, no sería en ningún caso la iglesia católica, dados sus documentos, organización y forma de actuar, ni la misma biblia, donde recordemos que se justifica el genocidio, la esclavitud, el maltrato a la mujer. Nadie puede llevarse a engaño pensando que entre las intenciones de esta organización supraestatal figuran en lugar destacado conceptos como la honestidad de buscar la verdad, la libertad o la igualdad. Solo es necesario buscar entre sus elementos mas deslenguados (aquellos que no necesitan aparecer como democráticamente correctos) para que nos encontremos con declaraciones en las que revelan su verdadero concepto de quienes son los que contraen SIDA (enfermedad dela que “sus familias” están exentas) o lo que deberían hacer con los homosexuales (que en caso extremo deberían optar por la “via piadosa”); desde luego, las mujeres o podéis imaginar el papel que os toca desempeñar en su modelo de “familia” y, por supuesto, cualquier progreso científico. En definitiva, cualquiera que defienda los principios democráticos y la libertad de vivir su vida como quiera debe saber que en frente tiene a una iglesia católica, que enfrente no tiene simplemente a un grupo de personas que se dirigen como les parece sino a un grupo de auténticos enemigos, que combatirían a quien quiera vivir fuera de “sus” normas.
Es tiempo, por tanto, de articular una respuesta.